Hallycrafter-S40

Conectado al mundo sin Internet: mi aventura como radioaficionado en los 70

Cómo funcionaba la radioafición antes de Internet

“La radioafición antes de Internet era la forma de conectarse con el mundo sin cables ni redes digitales.”

Ahí aparecía la radio…
Esa cosa misteriosa que te permitía conversar con alguien a miles de kilómetros durante horas, enterarte qué cosas pasaban y dónde pasaban, con solo preguntar y decir ‘QRV’:
= Adelante, cambio.

Y ahí es donde comienza la epopeya del inventor solitario. Como en mi caso: visitar a un viejo radioaficionado del pueblo, que me permitía presenciar sus conversaciones a larga distancia (DX). Y ahí caí en la trampa mortal: la obsesión de tener mi propia estación de radio y hacer lo mismo.

Pero había dos impedimentos. El primero era ser menor de edad, y estas actividades exigían ser mayor o estar tutelado por un adulto que te acompañara. El segundo era que un equipo transmisor-receptor decente estaba fuera de toda discusión para decirle a tus viejos “quiero esto”, cuando en un acto de arrojo financiero ya te habían comprado una bicicleta usada para que la pinte el polaco y regalártela como si fuera un trofeo absoluto.

Por lo tanto, quedaba el rebusque: do it yourself (hágalo usted mismo). No había otra cosa que sentarse, estudiar, conseguir las piezas y armarlo, rogando que todo funcionara y que nada se prendiera fuego.

¡El Radio Amateur’s Handbook de la ARRL de 1948!

En una de mis constantes incursiones por la biblioteca —nuestro Google de esa época— encontré el santo grial de la radio: un libro impreso de la Asociación Americana de Radioaficionados, en inglés, con circuitos de equipos, antenas, accesorios, todo explicado en idioma anglo. Obvio.

Pero estaba ahí. Todo lo que necesitaba.
Obviamente, contenía circuitos de antenas “secretas” usadas en la Segunda Guerra, equipos armados con muy pocas cosas simples, y planos que te obligaban a romperte la cabeza para entenderlos por su complejidad. Tenía todo lo que quería saber, y con la seguridad de que eran cosas que ya habían funcionado alguna vez, lo que me garantizaba un gran porcentaje de éxito en las primeras pruebas.

Bandas HF y contactos DX en la radioafición antes de Internet

Así que quedaba averiguar cuáles frecuencias me aseguraban comunicaciones a muy larga distancia (DX), y como todo principiante, arranqué con un proyecto demasiado pretencioso: tratar de cubrir todas las bandas usables.

En los años 70, hacer DX era moverse en las bandas clásicas de HF, las que hoy siguen siendo míticas. La reina indiscutida era 20 metros (14 MHz): abierta casi todo el día, estable, ideal para hablar con el mundo. Le seguían 15 metros (21 MHz) y 10 metros (28 MHz), que en los años de buen ciclo solar eran una autopista internacional con señales fuertes y limpias.

De noche, el juego cambiaba: 40 metros (7 MHz) se llenaba de estaciones lejanas, y 80 metros (3,5 MHz) quedaba reservado para los pacientes y obstinados, porque ahí el DX se hacía a fuerza de oído y constancia. El modo rey era el CW (Morse), seguido por el SSB, mientras que AM y RTTY quedaban para los más técnicos o románticos. No había clusters, ni spots, ni Internet: el DX se cazaba escuchando, esperando y aprendiendo a leer la propagación.

Para entender cómo funcionaba la cosa, primero hay que saber algo básico: por esas épocas una estación de radio tenía dos componentes esenciales, el receptor, por donde escuchábas las comunicaciones, y el transmisor, por donde enviábas tus mensajes. Hoy los equipos comerciales tienen las dos cosas juntas, TX (transmisor) y RX (receptor).

Como había mucho material de guerra sobrante, no era difícil conseguir, por poca plata, algún receptor de banda ancha en boliches que vendían rezagos del Ejército o de la Marina. Normalmente había muchos equipos de origen americano, robustos, pesados, hechos para durar toda la vida.

Mi primer receptor Hallicrafters S-40 en la radioafición antes de Internet

“Equipos como el Hallicrafters S‑40 marcaron la radioafición antes de Internet.”

Los más comunes eran los Hallicrafters, verdaderos tanques de guerra: el SX-28, el SX-42, el S-38 o el S-40, receptores que cubrían desde onda media hasta HF con una estabilidad que hoy todavía asombra. También aparecían equipos National, como el NC-173 o el HRO, y algún Collins perdido, que era directamente un Rolls Royce de la radio, inalcanzable para la mayoría pero admirado por todos.

Esos receptores no eran lindos, ni livianos, ni prácticos. Tenían válvulas, transformadores enormes, diales que parecían instrumentos de submarino y un calor que en invierno servía de estufa. Pero escuchaban. Escuchaban de verdad. Y cuando uno de esos equipos arrancaba y empezaba a cantar en el parlante o en los auriculares, sabías que el mundo estaba ahí, a un giro de perilla.

El transmisor ya era otro cantar. Eso casi siempre había que hacerlo uno mismo. Ahí empezaba la verdadera aventura: bobinar, soldar, calcular, probar, quemar algo, volver a empezar. Pero esa es otra historia.

Y ahí es donde entraba a jugar la magia del Radio Amateur’s Handbook.
Había para elegir lo mejor de lo mejor; solo había que conseguir los componentes. Capacitores de mica de alto voltaje, capacitores variables que soportaran radiofrecuencia o muy alta tensión, y los más críticos de todos: las válvulas, o tubos de vacío, que eran las verdaderas hacedoras de la magia.

Como era chico, y por esas épocas no había tanto peligro como ahora, apelé al recurso número uno: vender mi bicicleta para comprarme un receptor y los componentes para el transmisor.

Un vecino que era compinche me llevó a un remate de material de rezagos del Ejército. Y ahí lo vi, en el medio de una pila: mi Hallicrafters S-40. Solo le faltaba un poco de cariño, limpieza y quizás alguna reparación menor, pero estaba ahí, mirándome, como diciendo: “vamos para casa”.

Historias del remate: aventuras en la radioafición

Llega el turno y un tipo hace una oferta que era casi —o más— de lo que yo tenía para gastar. Mal comienzo. Entonces lo toco al hombre y le digo:
—Si me deja comprarlo y no rema para subir el precio, dentro de unos años, cuando sea fabricante, le regalo un lineal de 800 watts.
Pero necesito comprar ese receptor, porque se me va la vida si se me escapa!

El tipo me mira, se ríe y me dice:
—Mirá, vamos a hacer una cosa,
Me llamo Jorge y me pasa la señal distintiva de su estación.
—Pibe, si lográs salir al aire y tenemos una QSO (comunicación), quedamos hechos.

Pero prometeme que lo vas a hacer. Y retiró la oferta.

El rematador, que no lo conocía, estaba al lado y escuchó la conversación. Muy piolamente bajó el martillo por 2,50, con la frase:
—Vendido.Y así me lo llevé a casa.

Por demás está decir lo que representaba para mí adaptar antenas de diferentes tipos para todas las frecuencias, conectar el receptor y encenderlo. Ver las válvulas iluminarse y esperar a que el parlante empezara a emitir sonidos.

Power on… y hola mundo.

Una noche, pasadas unas semanas del remate, ya tenía cómo empezar a escuchar lo que pasaba en el mundo. Haciendo un barrido por todas las bandas de onda corta, el dial pasaba por 80 metros (3,5 MHz), 40 metros (7 MHz), 20 metros (14 MHz), 15 metros (21 MHz) y 10 metros (28 MHz). Cada giro de perilla era un idioma distinto, un acento, una historia, un pedazo del planeta entrando por un cable de cobre.

Hallycrafter-S40 chasis - Radioafición antes de Internet

Hallycrafter-S40 (CHASIS SIN TAPA)

No había pantallas, ni mapas, ni indicadores digitales. Solo ruido, señales que subían y bajaban, portadoras, voces lejanas y, de vez en cuando, una señal limpia que te hacía contener la respiración. Ahí entendí que la radio no era un aparato.
Era una puerta.

Aquí termina el Capítulo 1: El receptor.

Del escuchar al hablar: la necesidad de transmitir

Capítulo 2: “El transmisor» – ¿Y antes de Internet, qué?

Escuchar al mundo ya no alcanzaba.
Después de semanas girando perillas, anotando señales, reconociendo idiomas y aprendiendo a leer el ruido, apareció una necesidad nueva, más peligrosa: responder. No quería solo oír voces lejanas. Quería que alguien, a miles de kilómetros, escuchara la mía. Y ahí empezó el verdadero problema.

Porque si el receptor era magia, el transmisor era responsabilidad. La radio dejaba de ser un juego y se convertía en un acto: meter energía en el aire, ocupar una frecuencia, existir del otro lado del planeta por unos segundos. No había kits armados.

No había manuales paso a paso. Había esquemas, fórmulas, advertencias y dibujos que parecían más planos de guerra que de radio. Y un dato clave: si te equivocabas, algo se quemaba. Con suerte, un capacitor. Con mala suerte, el transformador… o vos.

El transmisor no se compraba. Se construía.
Y el primero siempre era una mezcla de fe, cálculo, rebusque y miedo.

Construyendo los transmisores caseros: física, electrónica y supervivencia

Así que con más audacia que conocimientos, encaré mi planta transmisora: 2 fuentes de alimentación y 2 transmisores:
1 para cubrir 80 metros (3,5 MHz) y 40 metros (7 MHz).
1 para cubrir 20 metros (14 MHz), 15 metros (21 MHz) y 10 metros (28 MHz).

La decisión de separarlos no fue un capricho: fue pura física y supervivencia.
Las bandas bajas —80 y 40 metros— pedían otra cosa: más corriente, más hierro y más estabilidad térmica. Eran transmisiones largas, pesadas, de noche, donde la señal tenía que empujar ruido y estática. Mezclarlas con las bandas altas era pedir problemas.

En cambio, 20, 15 y 10 metros jugaban otro juego: menos corriente, más tensión y mucha más exigencia en estabilidad y neutralización. Ahí cualquier acople te armaba un oscilador salvaje. Separarlos era la única forma de que algo funcionara sin explotar.Para potencia usé lo que había y lo que se conseguía: válvulas militares, hechas para aguantar abuso.

El transmisor de 80/40 metros llevaba dos 6146 en la etapa final: confiables, estables y capaces de empujar señal durante horas sin inmutarse.

6146 TUBE - Radioafición antes de Internet

El de 20, 15 y 10 metros llevaba dos 807, las eternas guerreras de la radio, fáciles de excitar, nobles, y con una linealidad que, bien tratadas, parecía magia.

807 TUBE - Radioafición antes de Internet

Nada era elegante. Todo era funcional.
Las fuentes eran separadas, con transformadores enormes y capacitores que imponían respeto antes de meter la mano.

La RF (RadioFrecuencia) salía como salía, pero salía. Y cuando la aguja del instrumento se movía, sabías que estabas poniendo energía en el aire.

No era solo un transmisor.
Era una declaración de intenciones.

Mecanizar los chasis, doblar chapas, hacer agujeros… para mí era fácil, porque ya ayudaba a mi viejo con la reparación de las cosechadoras. En una semana, todo estaba listo para el montaje: los chasis, las bobinas, las válvulas con sus zócalos de cerámica, las bobinas hechas con alambre de cobre esmaltado y otras con cañitos de cobre.

En un mes, todo estaba montado. Pero, como había leído, antes de aplicar alta tensión a las válvulas había que calentar los filamentos. Cada transmisor tenía circuitos separados: uno para los filamentos y otro para la alta tensión correspondiente. Así evitabas sorpresas desagradables y aumentabas las chances de que todo funcionara en el primer encendido.

La noche del primer QSO: el regalo de cumpleaños inolvidable

Hasta que llegó la noche esperada…
Una noche de invierno, 31 de julio, día de mi cumpleaños, me hice el regalo más importante de mi vida a esa edad.

Filamentos… power on.
Vi cómo las válvulas empezaban a caldear sus filamentos, una por una, hasta que pasaron los cinco minutos reglamentarios según los manuales.

M.A.T. (muy alta tensión)… power on.
Las placas no se pusieron rojas, las tensiones negativas estaban perfectas, y de repente, mi primer vatímetro —una lamparita soldada a una bobina— me dio la señal de que estaba al aire en 80 metros.

Y tiré mi primer llamado a quien estuviera en la frecuencia:
“CQ CQ los 80!” —con el indicativo prestado del radio club—.

Unos segundos después, escuché QRV (adelante)… y la señal distintiva de un rosarino.
Llegaba desde 130 km, y ahí estaba:

¡me estaba escuchando alguien!

El tipo conocía la señal del radio club, pero desconocía la voz. Le conté que era la primera prueba al aire de mi transmisor casero y la edad que tenía, jajaja.
Ahí el tipo, muy solidario, llamó a la curuya (reunión) de otros viejos radioaficionados para que intercambiaran conmigo una conversación. Incluyó felicitaciones, consejos técnicos y hasta regalos de planos de antenas que llegaron por correo.

¡Lo había logrado!
Había atravesado el portal a otra dimensión.

Esa noche, después del primer contacto, no podía dejar de girar el dial. Cada señal era una puerta, cada tarjeta postal “QSL” recibida era un saludo desde otro mundo, confirmando la QSO (comunicación), es un certificado que la comunicación existió, y se consignan los datos como: fecha, hora, banda, modo, señal, etc.

Intenté alcanzar más lejos. El DX verdadero empezaba cuando las señales aparecían débiles, a punto de desaparecer, y había que atraparlas con paciencia y oído. Fue así como, semanas después, logré un primer contacto real a 500 km, una voz desde Córdoba que llegaba por encima del ruido, entrechocando con estática, con modulación imperfecta… pero era real.

El contacto con Japón: entendiendo el tamaño del mundo

En ese momento entendí algo que ningún manual podía enseñarte: la radio no solo transmitía electricidad, transmitía conexión. Conectaba personas, experiencias, historias. Y yo, un chico con dos transmisores caseros, un par de válvulas y mucha fe, ya era parte de ese mundo invisible que se desplegaba más allá del horizonte.

Hasta que, unos meses después, ya con antenas muy elaboradas y con condiciones de propagación inmejorables, me conecté con una estación en Osaka, Japón.
La señal viajaba más de 18.600 km para llegar hasta mi humilde receptor en la provincia de Buenos Aires en Argentina, y la señal de mi transmisor recorría otros 18.600 kms para llegar a Japón!
Nos pudimos comunicar con el japonés en inglés, sin problemas, gracias a las tías políticas que se habían encargado de enseñarme la lengua anglo.

Esa conversación, de más de una hora, me hizo entender algo enorme: mi barrio, mi ciudad, eran apenas un granito de arena en el mundo… y, sin embargo, yo vivía en ese mundo, un mundo que me esperaba todas las noches para salir a conocerlo.

La anécdota graciosa fue cuando mi tío, que era jefe de correos, recibió la tarjeta QSL donde el japonés certificaba el contacto: frecuencia, fecha, hora y duración de la comunicación. Me la entregó en manos y le comentó a mi viejo: che Antonio, fijate en que anda este pibe, está hablando con los japoneses, ojo a ver si lo meten en cana por espía! jajaja!

Como todo caballero de palabra, le llamé a Don Jorge, el colega que me había permitido comprar mi receptor en el remate, y me encargué de dárle esa tarjeta QSL plana de Japón como prueba que su acción no había sido en vano, y le dije:
– Gracias Don Jorge, creo que estamos a mano! Y el tipo se me largó a llorar, porque no lo podía creer, muchos radioaficcionados viejos por esos años, no lo habían conseguido jajaja.


Los códigos Q y las señales RST: el lenguaje del éter de los raioaficcionados

En esa época no había chats ni emojis: todo era con tres letras mágicas (códigos Q) y números cortitos (reporte RST). Ahorraban tiempo, evitaban confusiones y sonaban en el auricular como un código de piratas. Acá van los más usados que retumbaban en 80m, 40m y 20m de noche. Códigos Q básicos que escuchabas todo el tiempo y seguro que por algún lado vos también escuchaste.

  1. QRA ¿Cuál es su indicativo? → Mi QRA es LU7XXX (o lo que fuera tu callsign).
  2. QRZ ¿Quién me llama? → QRZ? (cuando no pescabas bien el callsign en un pile-up).
  3. QTH ¿Dónde estás ubicado? → Mi QTH es Neuquén, Patagonia Argentina.
  4. QSL ¿Confirma recepción? → QSL! (la tarjeta que llegaba por correo meses después).
  5. QRM ¿Tiene interferencia de otras estaciones? → Mucho QRM, se pisa todo.
  6. QRN ¿Hay ruido atmosférico/estática? → QRN fuerte esta noche, truenos lejanos.
  7. QRV ¿Está listo? → QRV para el reporte, dale nomás.
  8. QRT ¿Cierro? → QRT por ahora, me voy a dormir.
  9. QSB ¿Hay fading? → Mucho QSB, la señal sube y baja como en una montaña rusa.
  10. QRK ¿Cómo se oye mi señal? → QRK 5 (perfecto) o QRK 3 (dificultoso).

Las señales S: cuando el S-meter bailaba de alegría

El reporte RST (Readability-Strength-Tone) era lo que definía si el DX era «de lujo» o «apenas copiable». En SSB/AM se usaba más el RS (las dos primeras letras). La «S» medía la fuerza en el S-meter del receptor (ese que en el Hallicrafters S-40 subía como loco con buenas condiciones de propagación).

s-meter Radioafición antes de Internet

  • S1 a S3: Débil, apenas se oye entre el ruido. «Señal muy floja».
  • S4 a S5: Aceptable, se copia pero con esfuerzo.
  • S6 a S7: Buena, cómoda, el S-meter se mueve lindo.
  • S8: Muy fuerte, entra clarita.
  • S9: La soñada. S9 de manual (50 µV en la antena), señal potente, limpia. «S9 de ley» era el sueño para un DX a Japón o Europa.

Y cuando la propagación estaba en llamas:

  • S9 +10 dB («10 sobre 9»): 10 dB más que S9 → señal brutal, como si el tipo estuviera en la pieza de al lado.
  • S9 +20 dB («20 sobre 9»): Potencia extrema, el S-meter volaba por encima, «¡Estás rompiendo el receptor, viejo!».
  • S9 +30/+40: Raro, pero en aperturas espectaculares pasaba. Pura adrenalina.

Ejemplo típico de QSO que te hacía saltar de la silla:
«Gracias por el contacto, S9 +20 aquí en Patagonia, copy perfecto. QRZ? 73! y Dx’s.

«Con estos códigos y reportes se armaba toda la charla: sin ellos, no había QSO real. Eran el idioma del éter, y cuando te daban un «S9» o «S9 +10», sabías que valía cada soldadura y cada noche sin dormir.


Finalmente y recordando la pregunta del principio de esta nota…

¿Antes de Internet, a qué jugábamos?

Después de todo este relato, comprenderás que No es fácil explicarle a alguien de esta generación que los chicos, antes, cuando jugábamos, también descubríamos el mundo de otra manera.

Y así terminó mi bautismo como radioaficionado.

No solo había aprendido a construir un transmisor, a domar válvulas y a alimentar bobinas con alta tensión. No solo había logrado mi primer QSO local y mi primer contacto intercontinental con Osaka, Japón.

Había descubierto un mundo que estaba ahí afuera, hecho de voces, acentos y ondas que viajaban miles de kilómetros, esperando a ser escuchadas. Cada conversación era una lección, cada consejo de los viejos radioaficionados, un tesoro.

Y lo más importante: entendí que la radio no era solo tecnología. Era una puerta abierta, un pasaje hacia algo más grande que uno mismo. Esa obsesión, ese miedo, ese cálculo, ese rebusque y esa fe… todo valía la pena.

Porque en ese instante supe algo que aún hoy me guía:

La curiosidad bien dirigida te puede abrir puertas y conectarte con todo el mundo, doy fe porque lo hizo conmigo, incluso antes que existiera Internet.

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8 comentarios en “Conectado al mundo sin Internet: mi aventura como radioaficionado en los 70”

  1. Juan Carlos (@TARZN13)

    Genio Pedro!
    A los 11 viendo a mi primo mayor armar la radio para la taréa del industrial, me copé, compré las cosas y me armé 1. Me la llevé al campo y conecté la antena al alambrado al que estuve interconectando corrales e hiladas, y a los campos vecinos. A la noche me pongo a escuchar y engancho una emisora de Johannesburgo, quedé impactado. Ahí empecé a averiguar para hacer 1 equipo de radioficionado, cosa que nunca llegué a hacer porque estudiando bobinados para transfo y antenas se me ocurrió mejorar los pulsadores y motores de los autos del Scalextric junto a un amigo, y con eso empezamos a ganar algo de plata.
    De ahí a construir maquetas motorizadas, robots y androides. Luego 1 ultraliviano y 2 catamaranes de off shore únicos con el armazón totalmente de aluminio, y descubrí mi auténtica pasión: Construir innovando. Así desarrollé 23 dispositivos industriales electrónicos, mecánicos, hidráulicos y pneumáticos que tengo patentados y funcionando en las máquinas que construía.
    No hay noche que me vaya a la cama sin darle vueltas a una nueva ocurrencia a construir.
    Abrazo! Pedro

    1. Qué historia impresionante. Arrancar con una radio armada a los 11 y terminar construyendo todo eso habla de una curiosidad que nunca se apagó. Al final es siempre lo mismo: tocar, probar, equivocarse y seguir. Me encanta esa idea de no irse a dormir sin darle vueltas a algo nuevo para construir. Gracias por compartir tu recorrido, es inspirador de verdad. Abrazo grande. Juan Carlos!

  2. Esta historia de un niño de 11 años y su descubrimiento por la Radioafición, es quizás la mejor historia que haya leído en mi vida. Valoro la fuerza de convicción y su disposición de abrir puertas que ni siquiera sabía que existían, se puso en camino de personas increíbles y se conecto de formas que parecían magicas, en su afán de perseguir un sueño. Hoy con internet es más fácil lanzarse, pero la esencia es atreverse a preguntar, a interesarse por el otro y por lo desconocido.
    Mi admiración y respeto siempre, estimado Profesor Pedro.

    1. Gracias de corazón por tus palabras. Si algo quise transmitir con esa historia es justamente eso: animarse a preguntar, a golpear puertas y a dejarse sorprender por el otro. La tecnología cambia, pero la esencia sigue siendo la misma. Me honra mucho que lo hayas leído así y te agradezco el respeto y el afecto.

  3. Gracias. Muchas. No es tanto a qué jugábamos, sino lo que encontrábamos al jugar. Miradas a los ojos, contacto físico que humanizaba, solidaridad, curiosidad, una idea, ambición para llevarlo a cabo, resignar algo (la bici,o lo q tuviéramos) en pos de una idea nueva… adultos que con un gesto te abrían la puerta al mundo, Padres q no te daban más de lo q podían y así te educaban al por mayor, casi sin querer. Negociar, hablar, prometer. Qué lindo todo eso. Gracias.

    1. Gracias a vos por ponerlo en palabras tan claras. Es exactamente eso: no era solo el juego, era todo lo que venía alrededor y nos iba formando sin darnos cuenta. Aprendíamos a mirar, a confiar, a negociar, a perder y a esperar. Y muchos adultos, con gestos simples, nos abrían el mundo. Me alegra mucho que el texto haya despertado eso. Gracias por leer y compartirlo.

  4. Mi viejo fue uno de los primeros en san Luis, figura en guía de la época. Sin mucho conocimiento y menos plata. Pero me metió el bichito,aprendí alguito por correo y se me acabó la $$. Las noches se perdieron por la escuela nocturna y los fin de semana escuchando onda corta. El Morse fue el límite final y empezó la Uni y se fue papá sin avisar. Así los años hasta la primer PC y el dialup y el ICQ!!!! Mi primer chat con una japonesa en ingles. Toque el cielo!!!!
    Excelente tu recuerdo. Me hiciste llorar.
    Los años vienen con mucha nostalgia.
    Abrazo grande

    1. El mensaje de esta nota baisicamente está dirigido a nosotros los sobrevivientes de otra época, tuvimos que no solo dar el salto generacional que no fue fácil, sino, también un salto tecnológico que dificulto se vuelta a repetir en la generación actual, ni en las futuras. De un teléfono de línea casi inexistente, al smartphone es el ejemplo. Un abrazo y gracias por tu comentario!

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