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Armas sónicas – De los cañones de vórtice a las aplicaciones militares modernas

El sonido también puede ser un arma.

Las armas sónicas o armas acústicas, a través del sonido son un ejemplo claro de cómo un fenómeno físico bien conocido puede transformarse en un arma una herramienta de control, disuasión o combate. Utilizan ondas mecánicas en el aire (audibles o no) para afectar personas, estructuras o sistemas, muchas veces bajo la etiqueta de no letales, aunque sus efectos reales distan de ser inocuos.

Este artículo recorre su evolución: desde los cañones de vórtice como curiosidad científica, pasando por su uso actual en el control de multitudes, hasta su potencial militar para incapacitar fuerzas y sistemas enemigos.

1. Los cañones de vórtice: manipular el aire como arma

Los cañones de vórtice (vortex cannons) generan anillos de aire en forma de toroide que se desplazan de manera estable a lo largo de varios metros. No son armas sónicas en sentido estricto — no dependen del sonido audible —, pero sí de la dinámica de fluidos y de ondas de presión en el aire.

El principio fue estudiado formalmente por Hermann von Helmholtz en 1858, al desarrollar la teoría de las líneas vorticiales. Desde entonces, estos dispositivos se han usado en demostraciones científicas: una caja con un orificio circular que, al recibir un impacto en la cara opuesta, expulsa un anillo de aire capaz de apagar velas, derribar objetos livianos o generar la sensación de un “golpe invisible”.

Aunque suelen verse como juguetes educativos, su lógica física resulta inquietantemente cercana a aplicaciones de control no letal. En contextos recientes se han reportado dispositivos que combinan pulsos de aire y sonido para generar perturbaciones perceptibles a cientos de metros, marcando la transición hacia armas acústicas más sofisticadas


2. Armas sónicas modernas y control de multitudes

El salto tecnológico llega con dispositivos diseñados específicamente para afectar al sistema auditivo y nervioso humano. El caso más conocido es el LRAD (Long Range Acoustic Device), desarrollado en los años 90 y hoy utilizado por fuerzas policiales, militares y de seguridad privada.

El LRAD emite un haz direccional de sonido extremadamente intenso (del orden de 150–160 dB), capaz de propagarse hasta un kilómetro. El efecto no es sutil: dolor inmediato, desorientación, pánico y, en exposiciones prolongadas, daño auditivo permanente.

Estos sistemas se montan en vehículos, embarcaciones o trípodes fijos y se han utilizado:

  • En protestas y disturbios civiles
  • Para control perimetral
  • En entornos marítimos para repeler piratería

Aunque se publicitan como no letales, múltiples organizaciones de derechos humanos advierten sobre sus consecuencias fisiológicas y psicológicas. La línea entre disuasión y daño irreversible es extremadamente delgada.


3. Uso militar: incapacitar sin destruir

En el ámbito militar, el interés por las armas acústicas no es nuevo. Durante la Segunda Guerra Mundial ya se experimentó con cañones acústicos destinados a generar ondas de presión capaces de desorientar tropas o dañar aeronaves, sin éxito operativo.

Hoy el enfoque es más pragmático: incapacitación temporal.

Infrasonidos

Las ondas por debajo de los 20 Hz no se “oyen”, pero el cuerpo las siente. A determinadas intensidades pueden provocar:

  • Náuseas
  • Vértigo
  • Fatiga extrema
  • Alteraciones respiratorias
  • Daño orgánico en exposiciones severas

Este tipo de efectos ha sido mencionado en contextos diplomáticos y de inteligencia, donde la dificultad de detección juega a favor del atacante.

Interferencia con sistemas

Además del impacto humano, las vibraciones acústicas de alta potencia pueden:

  • Afectar sensores mecánicos
  • Inducir fallos en estructuras livianas
  • Desestabilizar drones y sistemas ópticos
  • Dañar componentes por resonancia mecánica

En escenarios de guerra asimétrica, estas armas permiten negar áreas, proteger instalaciones o forzar retiradas sin recurrir a fuego convencional.


4. Límites éticos y futuro

El desarrollo de armas sónicas letales —capaces de provocar hemorragias internas o paro cardíaco mediante infrasonidos— permanece, en gran parte, en investigación clasificada. Su sola posibilidad plantea dilemas éticos serios: armas invisibles, difíciles de atribuir y con efectos fisiológicos profundos.

La tendencia actual apunta a sistemas de control y disuasión, pero la historia tecnológica muestra que toda herramienta “no letal” puede cruzar ese umbral con facilidad.


Conclusión

Desde los cañones de vórtice hasta los sistemas acústicos militares modernos, las armas sónicas muestran cómo el sonido y la presión del aire pueden convertirse en instrumentos de poder. No destruyen edificios, pero pueden quebrar cuerpos, voluntades y sistemas.

La pregunta ya no es si funcionan, sino quién las usa, contra quién y bajo qué límites.



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